Manuel Moreno Fraginals, entre Nueva York y Madrid

Mi encuentro con Manuel Moreno Fraginals se remonta a mediados de los años setenta, ante una mesa compartida con amigos en un diminuto restaurant argentino de Mac Dougal Street, en el corazón del Greenwich Village neoyorquino. La cena terminó en nuestra casa cercana entre copas y conversaciones, mientras nuestros miembros se desentumecían de la rigidez impuesta por la estrechez del modesto lugar. Moreno venía de alguna de las conferencias a las que empezaba a acudir en los Estados Unidos. Desde entonces, las coincidencias no faltaron: una conferencia suya en el Centro Latinoamericano de mi propia universidad, New York University; su triunfo en Los Angeles, compartido con los amigos, por el premio Bancroft que la American Historical Association le otorgó por su luminoso libro El Ingenio; más pasos fugaces por Nueva York; alguna carta cruzada a través de la UNESCO y la proyección, en fin, de la película en cuyo guión intervino. En sus distintas apariciones, Manuel siempre traía un vendaval de aire fresco. Mostró una capacidad singular para romper el doble cerco que los Estados Unidos y Cuba habían tendido entre ellos. Su presencia abría una ventana sobre un mundo vedado. Su trabajo como historiador perdía insularidad y ganaba reconocimiento internacional. El Ingenio no sólo revelaba excelencia profesional. También una historia económica y social con una génesis independiente. El libro coincidía, pero no repetía el modelo de historia propuesto antes por franceses y anglosajones, ni tampoco el marxista. Las concepciones y convicciones de Moreno Fraginals plasmaron por su propio impulso en una obra clásica. El historiador que era abría también su mensaje a otros medios de comunicación, como era el cine.

El escenario de nuestros encuentros se trasladó después a España debido a una presencia creciente de ambos en ella. Yo había vuelto a poner mis pies en mi tierra al cabo de interminables años e intervenía esporádicamente allí en actividades académicas. En Manuel, por otro lado, crecía el interés por entender la intensidad de la relación entre Cuba y España. Su búsqueda dio lugar a por lo menos un par de libros conocidos. Después de inaugurado el gobierno socialista en España, coincidimos en algunas reuniones. Por ellas, las nuevas autoridades procuraban acercarse a capas de intelectuales latinoamericanos que el antiguo régimen había mantenido a distancia. Concurrimos también a encuentros en Barcelona o en Oviedo o nos vimos en visitas inesperadas en mi casa de Madrid. El último contacto con él fue en 1998 como colegas en el departamento de historia de la Florida International University, de Miami. Aquí, el gusto del reencuentro quedó empañado para mí cuando empecé a percibir el desasosiego que le embargaba y la disminución de su vigor por obra de los años. Habiéndole conocido transgresor en ideas y en la vida misma, dolía ver cómo se replegaba, acumulando problemas que lo alejaban de la vida plácida que a su edad merecía. Los años de Miami me temo que fueron duros e ingratos para él, y también lo fueron para los le conocimos con otro ánimo.

Manuel Moreno Fraginals merece un elogio pormenorizado como historiador que algún colega más cercano a los temas que trató se encuentra en mejores condiciones de hacer con autoridad profesional. La personalidad intensa, contradictoria y cálida podrá ser evocada por quienes lo han tenido más cerca que yo durante años, antes, durante y después de Cuba. Las líneas anteriores no pretenden llenar ninguno de esos huecos, sino transmitir en dos pinceladas, desde ángulos laterales de su rica existencia -Nueva York y Madrid- mi aprecio y respeto profesional y mi amistad cargada de emoción ante su ausencia.

Nicolás Sánchez-Albornoz
New York University, Emeritus